2008 me declaran muerta. Y con ese mismo dolor de mi no futuro, dejo una cicatriz previa hecha de cenizas, y por primera vez me permito ser habitada por un súbito y devastador corte punzante, ese as de luz que llamamos alma, solo para alimentar mi naturaleza espectral, solo para tener que dejar cuando me vaya. Entonces empiezo el viaje, el proceso de morir. Ya no me queda consuelo, nada, solo secuelas del primer párrafo de mi vida, ese con el que empece a sentir mi melancolía somnifera, el grito, mi primer ritmo. Me convierto en una embarcación extraviada, estoy en una zona vigilante y siento entrar el fin absoluto por todo mi ser. Mi corazón queloide atraviesa mis huesos y musculos, la piel... todo... queda expuesto... tan dulce y sereno que lo desconozco.
"No quiero que lleves de mi nada que no te marque"

1.16.2010

UNICORNIO

Veía pasar rápidamente los árboles, uno tras otro a 80 kilómetros por hora. Estaba pensando en mi "independencia" y en porque dentro de mi aunque no lo demostrara había una emoción de saber que pronto estaría en ese cuarto húmedo fumando en el baño, sola. Arreglando mi ropa y tendiendo ese sofá viejo en el que "duermo" al que llamo cama.

Veía parte de mi reflejo en el vidrio y cuando perdía el enfoque alcanzaba a ver esas montañas verdes al fondo llenas de pasto, con algunos árboles asimétricamente acomodados.

Expulse un suspiro que llevaba tu nombre y me sentí avergonzada.

Después puse esa cara que pongo de que nada importa, de que me da igual estar aquí o estar allá, para tratar de ocultar ese vergonzoso sentimiento de alegría al saberme lejos de él y mi padre me miro por el espejo retrovisor, dijo: "ya por fin vas a poder fumar cuando se te de la gana". De nuevo paso por mi mente la imagen del cenicero blanco sobre la tina, a un lado la cajetilla de cigarros y arriba de ella un encendedor rojo, salive un poco lo mire de regreso y me voltee, no dije absolutamente nada.

Cuando mire de nuevo hacia afuera ví un árbol peculiar y a su lado un caballo blanco que comía de él, el sol pegaba directamente sobre la criatura, volteo a verme y el sol me deslumbro. ¡jueputa! pensé, y grite: ¡Papá Mira, un unicornio! y me quede mirándolo hasta que desapareció fugazmente a 80 kilómetros por hora. Cuando voltee a ver a mi padre con esa estupida mirada infantil, me miro con cierto desprecio y me dijo: "No seas pendeja, los unicornios no existen".

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