Veía pasar rápidamente los árboles, uno tras otro a 80 kilómetros por hora. Estaba pensando en mi "independencia" y en porque dentro de mi aunque no lo demostrara había una emoción de saber que pronto estaría en ese cuarto húmedo fumando en el baño, sola. Arreglando mi ropa y tendiendo ese sofá viejo en el que "duermo" al que llamo cama.
Veía parte de mi reflejo en el vidrio y cuando perdía el enfoque alcanzaba a ver esas montañas verdes al fondo llenas de pasto, con algunos árboles asimétricamente acomodados.
Expulse un suspiro que llevaba tu nombre y me sentí avergonzada.
Después puse esa cara que pongo de que nada importa, de que me da igual estar aquí o estar allá, para tratar de ocultar ese vergonzoso sentimiento de alegría al saberme lejos de él y mi padre me miro por el espejo retrovisor, dijo: "ya por fin vas a poder fumar cuando se te de la gana". De nuevo paso por mi mente la imagen del cenicero blanco sobre la tina, a un lado la cajetilla de cigarros y arriba de ella un encendedor rojo, salive un poco lo mire de regreso y me voltee, no dije absolutamente nada.
Cuando mire de nuevo hacia afuera ví un árbol peculiar y a su lado un caballo blanco que comía de él, el sol pegaba directamente sobre la criatura, volteo a verme y el sol me deslumbro. ¡jueputa! pensé, y grite: ¡Papá Mira, un unicornio! y me quede mirándolo hasta que desapareció fugazmente a 80 kilómetros por hora. Cuando voltee a ver a mi padre con esa estupida mirada infantil, me miro con cierto desprecio y me dijo: "No seas pendeja, los unicornios no existen".

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