Nueve.
Las podía mirar formadas, todas de colores diferentes.
Estaban viendo un cuerpo humano a través de una cámara.
El cuerpo desnudo sonreía ante la muerte con una herida en el pecho, una herida que sangraba y dibujaba flores en el piso.
Ese cuerpo era mío y yo era un hombre.
Un hombre delgado pero muy muy alto, con bigote de doctor y una boca grande que colgaba.
En mi mano, un papel arrugado se aferraba a mis dedos ya muertos, mientras las nueve calaveras me tomaban fotos del recuerdo… y todas aplaudían, otras se reían, me miraban tirado en el suelo, profunda en mi sueño y se reían.
Yo miraba mis pies, eran grandes, llenos de tierra y callos, con yagas que sangraban se veía de hace años, ahí supe que era un viajero.
Mi mano muerta, cansada de aferrarse a lo último que le quedaba con vida, dejo caer el papel sobre el piso que sangraba. Entonces una calavera me miro y dijo:
“Ahora si ya se murió”.
La calavera se acerco y de su pecho saco un frasco y tomo el papel del suelo…
“¿Qué dice, qué dice?” preguntaban las calaveras curiosas mientras yo escondida como sombra entre sus huesos esperaba también curiosa la respuesta.
La calavera leyó y dijo” “Vamos a construir, hay que ganarnos la lotería…”
La carcajada no se hizo esperar, todas se reían de mi, una a una comenzaron a escupir sobre mi cuerpo desnudo, me miraban con desprecio, ¿y yo? Muerto, ahí tirado sin poderme defender.
La calavera deposito el papel en el frasco y me dijo mirándome a los ojos: “Que absurdo es vivir”.
